Daniel Casanova

La visión de Isaías. (I)

En el capítulo 6 del Libro de Isaías, tenemos la impresionante narración cuando el  profeta Isaías tuvo la visión de la Gloria de Dios.  Esta visión fue una experiencia que cambió totalmente la vida y el ministerio del profeta Isaías. Este fue el inicio de su ministerio profético con  una dimensión profunda en Dios. Isaías pasó a un nivel más profundo en la intimidad con Dios.

El profeta Isaías nos comenta en el capítulo 6 que «Por encima de él había serafines; cada uno tenía seis alas; con dos cubría sus rostros, con dos cubría sus pies, y con dos volaba. Y el uno al otro daba voces, diciendo: Santo, Santo, Santo, Jehová de los ejércitos; toda la tierra está llena de su gloria». (Isaías 6:2 – 3)

En primer lugar, DIOS  REVELÓ A ISAÍAS SU GLORIA.

La visita de Isaías al templo fue en el año que murió el rey Uzías (v. 1), un reinado que duró cincuenta años. Se muere un rey e Isaías contempla la visión de otro Rey, el Rey de reyes. Había pasado una etapa de estabilidad y el pueblo se enfrentaba a un período de incertidumbre. Todos se preguntaban qué traería el futuro, la agresión cada vez mayor de Asiria y sus incursiones en territorios vecinos agravaban esta incertidumbre.

La visión de Dios marca una nueva dirección en la vida del profeta Isaías, una  reafirmación de su llamado,  dándole  un carácter más solemne a su función como profeta al proclamar el juicio y la restauración de Dios con respecto al pueblo de Israel.

Dios quiere que la gente en todo el mundo vea su gloria –la manifestación de sus atributos divinos.

La revelación muestra a Dios sentado en un trono muy alto. La figura del Rey de reyes. La punta de su manto llenaba el templo, figura del que moraba en el lugar Santísimo. Dios estaba presente en la vida del pueblo.

Isaías ve en visión a los serafines en adoración. La posición de los serafines es importante, estaban de pie,  listos para actuar en obediencia al Rey, estaban por encima de Él.  En la posición de Isaías, él lo describe por encima, pero no quiere decir más alto que… Nadie puede estar más alto que el Rey. Las alas de los serafines: dos para cubrir sus rostros, dos para cubrir sus pies, dos para volar. Las alas que cubrían su rostro indican que aún los Ángeles no pueden tolerar el resplandor de la Gloria de Dios. Las alas que cubrían sus pies indicaban que todo lo que hacían, ministraban, era por Dios y por la cara de Dios. Eso está implícito en la frase de Pablo, “todo lo que hagáis,  hacedlo de corazón como para el Señor, y no para los hombres” (Colosenses 3:23). Las alas con que volaban representaban la rapidez con que tienen que cumplir las órdenes de Dios.

El canto de los serafines es significativo: Santo, Santo, Santo.  No hay atributo de Dios más esencial que su santidad. Es por eso, más que por cualquier otra cosa, que las criaturas celestiales le adoran. Está conectado con la Santa Trinidad, y con el énfasis de elevar la naturaleza de Dios a tres veces santo.

La gloria de Dios en el cielo y en la tierra: toda la tierra está llena de su Gloria.

La oración del Padre Nuestro, dice: «venga tu reino, hágase tu voluntad, como en el cielo así también en la tierra…» (Mateo 6:10)

En segundo lugar, DIOS  REVELÓ A ISAÍAS SU CONDICIÓN ESPIRITUAL

El efecto de la gloria de Dios es sobre la casa que se llenó de humo y se estremecieron las paredes.

Así como se estremecieron las paredes, se estremeció el corazón de Isaías.

A Moisés, la gloria se le manifestó como fuego en una zarza, aquí se manifestó como humo llenando la casa, pero el propósito es el mismo: indicar que aquel lugar ‘se declaraba lugar santo, consagrado para Dios.’

La presencia hacia aquel lugar, un lugar especial.  «“¡Ay de mí! que soy muerto» (v. 5)

Isaías conocía la sentencia que Dios le proclamó a Moisés en el libro de Éxodo 33:20, donde le dice que  no podría ver su rostro,  porque no le vería  hombre, y viviría.

Por esa razón Isaías exclama,  que «siendo hombre inmundo de labios, y habitando en medio del pueblo que tiene labios inmundos, ha visto mis ojos el Rey, Jehová de los ejércitos.»

Ante la santidad de Dios, Isaías se da cuenta de que su vida está lejos de ser limpia. Su confesión se centra en sus labios por una serie de razones. Los labios de los serafines habían proclamado la santidad de Dios y, por el contrario, se dio cuenta de que sus labios no habían podido dar testimonio de la perfección de Dios. Dice la Biblia que de la «abundancia del corazón habla la boca.» (Mateo 12:34). Isaías se sentía sucio,  no solo por sus palabras, también por los pensamientos y sentimientos.

Además, el instrumento principal que usaba Isaías como profeta eran sus labios. Era natural, por lo tanto, se concentraba en ellos. Quizás él sentía que aunque no hablara palabras impuras, no tenía un corazón compasivo. A veces no es lo que se dice, sino cómo se dice, lo que indica si estamos actuando bien.  Isaías no estaba confesando que hablaba palabras inadecuadas, sino que tenía una actitud inadecuada,  debido a su propia frustración con el pueblo. Cuán frágil es nuestra condición humana, que fácil caemos en pecado al querer defender la causa de Dios con palabras o métodos que Dios no ha ordenado. En lugar de hablar palabras inspiradas por el Espíritu Santo, hablamos palabras con inspiración humana solamente, es decir en ‘la carne’.

Isaías también reconoció la situación  en que se encontraba el pueblo. Un pueblo de labios inmundos;  un pueblo que se había alejado de Dios yendo tras el paganismo de las naciones vecinas, siendo desobediente a los mandamientos.

Al tocar la boca de Isaías, Dios no sólo enfrenta a Isaías en el punto preciso de su necesidad, sino que también lo toca en el lugar que simboliza su llamado como profeta. Con el toque, no hiere sus labios; mas, lo prepara para hablar cosas espirituales. Hay una intervención espiritual en la vida de Isaías antes de hacer  de nuevo su función de profeta.

La gracia de Dios se manifestó en la limpieza o purificación, perdonando su pecado y llamándolo al santo ministerio de la proclamación del mensaje divino.

La comisión de Isaías no era fácil, requería una preparación espiritual extrema. Su trabajo era proclamar el arrepentimiento, sin desanimarse por la respuesta del pueblo y por la duración de su ministerio.