Daniel Casanova

La Visión de Isaías (II)

Al tocar la boca de Isaías, Dios no sólo enfrenta a Isaías en el punto preciso de su necesidad, sino que también lo toca en el lugar que simboliza su llamado como profeta. Con el toque, no hiere sus labios; mas, lo prepara para hablar cosas espirituales. Hay una intervención espiritual en la vida de Isaías antes de hacer de nuevo su función de profeta.

La gracia de Dios se manifestó en la limpieza o purificación, perdonando su pecado y llamándolo al santo ministerio de la proclamación del mensaje divino.

La comisión de Isaías no era fácil, requería una preparación espiritual extrema. Su trabajo era proclamar el arrepentimiento, sin desanimarse por la respuesta del pueblo y por la duración de su ministerio.

En tercer lugar, DIOS REVELÓ A ISAÍAS LA CONDICIÓN ESPIRITUAL DEL PUEBLO.

El capítulo seis del libro de Isaías marca el comienzo de una misión especial en el ministerio profético de Isaías. Es el antes y el después de la transformación espiritual. Es la diferencia ante un ministerio formado por los recursos humanos y un ministerio fortalecido por el Espíritu Santo. Ahora tiene una visión clara de Dios, entiende mejor sus motivaciones humanas y comprende el gran peligro en que se encontraba el pueblo. Pero lo más impresionante es su respuesta basada en un corazón lleno de gratitud y compasión.

Isaías comprendió ese acto no sólo como de salvación, sino también de comisión. Después de la purificación de Isaías, Dios habló, e Isaías se puso a disposición de Dios (v. 8). Su vida ya no era suya.

Dios tenía interés en la condición del mundo y Dios tenía confianza en la potencialidad de Isaías. El llamamiento de Isaías indicaba que él era la persona que Dios tenía para ese momento y trabajo. Dios creía en Isaías, él era el más indicado.  Dios le daría las fuerzas para predicar un mensaje fuerte, impopular y  sin mucha respuesta  positiva de parte del pueblo. Dios llama, Dios prepara, Dios bendice.  Y la bendición a veces viene como fuerza para saber resistir el desánimo y la dureza de la audiencia.

La versión de la Biblia en el lenguaje actual traduce este pasaje de Isaías 6 de la siguiente manera:

Enseguida oí la voz de Dios que decía:

«¿A quién voy a enviar? ¿Quién será mi mensajero?»

Yo respondí: «Envíame a mí, yo seré tu mensajero».

 Entonces Dios me dijo: «Ve y dile a este pueblo:

‘Por más que oigan, no van a entender; por más que miren, no van a comprender’.»

 »Confunde la mente de este pueblo; que no pueda ver ni oír ni tampoco entender.

Así no podrá arrepentirse, y yo no lo perdonaré».

Entonces le pregunté:

«Dios mío, ¿por cuánto tiempo tendré que predicar?.»

Dios me respondió:

«Hasta que todas las ciudades sean destruidas y se queden sin habitantes; hasta que en las casas no haya más gente y los campos queden desiertos.»

Después que el serafín toca sus labios, el profeta fue sensible a la voz de Dios y respondió de forma positiva al llamado, retomó su compromiso de ir como representante del Rey de reyes y Señor de señores.

Cristo nos dice: «Alzad vuestros ojos y mirad los campos que ya están listos para la cosecha», y hacen falta muchos Isaías que respondan: «Heme aquí, envíame a mí.»

Jesús dijo: «La mies es mucha, los obreros pocos, rogad al Señor de la mies que envíe obreros.»

De la única manera que vamos a renovar nuestro servicio al Señor, siendo sensible a su llamado,  sí, como Isaías,  tenemos  una visión de la gloria de Dios, en Su santidad y en Su trono; nos sentimos con un gran peso de gratitud por haber sido perdonado y sanado espiritualmente.